El adiós


El funeral se desarrollaba con normalidad si no se tiene en cuenta algún detalle extraordinario.

Mientras los llorosos asistentes eran incapaces de controlar su pesar, yo estaba de lo más entretenido viendo a la muerta paseando detrás de ellos, sonriendo y extrañándose de tantas desdichas fingidas. En un momento determinado se situó al lado de su marido el modesto zapatero remendón del barrio y le susurró algo al oído que él no pudo escuchar. Desconcertada con el silencio de quien siempre le contestaba, se acercó a su pequeño hijo e intentó abrazarle, pero el espíritu no casaba con la materia. Empezaba a comprender. Su sonrisa se fue borrando y dio paso a una profunda tristeza. 

Advirtió que yo sí la veía, el rostro se le iluminó por un instante, y quiso acercarse, pero a cada paso que daba su presencia se iba disipando y terminó por evaporarse. 

Tan solo quedó el perfume de las muchas flores de primeros de mayo recién cortadas que llenaban la estancia.
© Andreea Chiru (foto)