La sirena



Parecía una sirena,
¡pero qué pena me daba!

De suave piel atezada,
garza, de cabellos de oro,
desnuda sobre la arena
quedó esa mujer varada.

¡Pero qué pena me daba!

Cuando sola se quedaba,
su corazón lacerado
sangre de pena lloraba,
y los versos, y las letras
que le habían dedicado,
se fundían con la nada.

¡Y qué pena que me daba!



© Raquel (Foto)