11 de febrero de 2017

Predicamentos

Indudablemente, sin discusión semántica o aires apodícticos, la bipolaridad arrambla sin piedad el alma de quien la sufre. Es por ello que ya entiendo el alcoholismo, porque esta afección significa sencillamente adormecer el dolor emocional que nace de tal afección, como pudiera ser el hecho de optar por otra adicción, o sea, tratando de apagar el dolor adormeciendo la mente –la conciencia y dejando que los días pasen como si fueran segundos, por ende, sabiendo que la vida se va. Pues el fin de la vida no es crecer, madurar, evolucionar, casarse, tener hijos y nietos no es un programa, sino eludir o apaciguar el dolor interno que se siente para sencillamente no irse con él, cortando esa vida. Como Spinoza dijo: "El hecho de vivir se procura el propio de proseguir la vida". Sentimientos de culpa, de terribles equivocaciones, de errores cometidos –incluso poco o mucho de ello imaginado o exagerado, de ausencia de alegría, cariño y amor. Todo se ahoga en una olla de agua impura y densa y el resultado es obvio, darse cuenta de que la vida no fue feliz casi en nada, salvo en aquello que fuera, o es, una satisfacción material o tangible, apuntando exclusivamente a ahogar la pena interna cada segundo consciente de una existencia carente de una íntima alegría. 
Para todo esto encontré un libro cuyo tema consiste en tratar la bipolaridad, no como un tormento sino todo lo contrario. como instrumento de creatividad e imaginación. Según pasaba las páginas, únicamente me cupo sonreír. Cuando sientes que al despertar por la mañana, cada día, una invisible mano de plomo –de un súcubo te aprieta el pecho e impide que te levantes de la cama durante todo el día, o cuando te levantas ligero al estilo de Calvino porque estás contento y sólo lo eres en la medida que la ligereza no es más que pura agresión hacia el mundo exterior, te percatas de que nada tiene sentido en tanto sufres el dolor que sobrellevas, que no hay solución sino determinación en persistir, en vivir como sea porque pese a todo tienes deberes contigo y con los demás, con Dios y tu familia. 
Entonces te das cuenta de que tu familia te ha exiliado, incurriendo en el oxímoron de saber que te portaste mal cuando estabas en los infiernos del alma, como si Dante te hubiera tomado de ejemplo. Y te cobran por los años de tratamiento médico, reconociendo tácitamente la enfermedad pero regodeándose en el dolor que les causó una persona que no estaba bien. Cuando por fin, gracias a su solidaridad cordial, asumen que tú eres tú, te imputan una mala conducta propia de persona sana y dictan un exilio igual al del ateniense Arístides, excluyéndote de la familia pero admitiendo a los hijos bajo su entorno.
A modo de excurso debo afirmar que, pese a todo lo que escribo, no responsabilizo a nadie sino a mí mismo, aún sabiendo que mi padecimiento no lo elegí ni lo pedí. Esto, tan específico al dolor emocional de la vida, de la angustia, de la ansiedad, del miedo de vivir y no vivir, de por qué ser como soy y no como quisiera ser, de preguntarme el por qué mis padres no hicieron lo que debían sabiendo que mi padre era un hombre sabio aunque su orgullo le llevó por caminos nebulosos. Este dolor emocional, pasional, existencial, de cada día, cada semana y cada mes, conéctenlo con mis líneas iniciales y todo resulta resumido en una sola palabra: “dolor”. 
Mis hermanas, mis hijos, mi ex cónyuge –que hizo votos “en la salud y en la enfermedad”–, unos cuantos amigos, a diferencia de otros amigos que me recuerdan la permanencia y consistencia de tal sufrimiento y que todo resulta ser el simple preámbulo de la admisión que ante tanto dolor espiritual –no más grande que un cálculo renal, que también he padecido–, mi fe en Dios y el amor por mis hijos me mantienen persistiendo, nadando sobre las olas, aunque a veces me cubran, de la terrible afección que genéticamente he venido cargando sin saberlo desde el inicio de la evidente conciencia de mi yo a los siete años. Siete años, según la Iglesia Católica, cuando se asume la idea del bien y del mal. 
Espero que este texto sea legible para quienes lo lean y que entiendan lo que quiero decir. Y, por supuesto, no digan Amén.

© V.J.A.Z.G. (Texto)