16 de diciembre de 2016

La reconciliación

  
Me hallaba a punto de salir de casa cuando, de pronto, oí un gran alboroto proveniente de la calle. Rápidamente me acerqué a la ventana que había dejado abierta a propósito, y me asomé con verdadera curiosidad. Pude observar a cinco chiquillos que corrían delante de dos agentes que les perseguían. A los pocos segundos desaparecieron de mi vista al doblar una esquina. Justo, en aquel momento, fue cuando te vi. Te disponías a entrar en la cafetería de enfrente. No lo pensé dos veces. Quería verte. Necesitaba hacerlo. Casi me olvido de las llaves de casa, por salir con excesiva prisa, y tuve que volver a por ellas antes que se cerrara la puerta por completo.
   Me costó bastante trabajo cruzar hacia la otra acera. El tráfico era intenso, y esa zona no disponía de un semáforo que me permitiera atravesarla en condiciones más aceptables.
   Allí estabas tú. Te habías acomodado en una mesa, mirando hacia la puerta. Daba la impresión de que estuvieras esperando a alguien. Noté tus piernas un poco entreabiertas y, aunque la mirada la tuviste obnubilada por unos momentos, enseguida te percataste de mis aviesas intenciones y las cerraste rápidamente en cuanto me viste aparecer en el umbral.
   Me acerqué lentamente hacia donde te encontrabas. Tú me seguías con la mirada sin perder de vista mis ojos, que volvían, como por inercia, a posarse sobre tus largas y esbeltas piernas ya cerradas en completa simetría.
   Era temprano. La mañana era tibia y no me extrañó verte tomando un café. Lo que me dejó un poco confuso fue, al observar el interior de tu taza, que lo tomaras solo. Siempre lo consumiste con leche.
   –Hola –saludé con tal simpleza, que yo mismo me admiré.
   Pareció, por unos instantes, que la duda te hubiera atenazado la garganta, aunque tu reacción no se hizo esperar. Fue como si un circuito en tu interior hubiera hecho contacto de alguna manera para que contestaras a mi saludo.
   –Hola –respondiste con aparente desgana.
   –¿Me puedo sentar? –Te pregunté, aun conociendo tu presunta respuesta.
   –Haz lo que quieras –replicaste, rumiando las palabras.”
   Si hubieras rechazado mi compañía, me habría ido por donde aparecí, por supuesto, pues no me gusta permanecer en un lugar donde no se me acepta.
   Me senté frente a ti y pude comprobar, a pesar de que en ese instante observabas con recelo la superficie de la mesa, cómo la tristeza adornaba tu bello rostro. Lo que ocurrió a continuación fue un raro impulso en mí. No me di cuenta, pero mi mano derecha fue, sutilmente, a posarse bajo tu barbilla con el fin de alzar tu rostro y me miraras, aunque sólo fuese un instante. Creí que lo conseguiría pero, en el último momento, una de tus manos, no me fijé cuál de ellas, me desvió la mía hacia un lado. Me dolió de verdad. Pensé que aquel encuentro iba a ser como una especie de pasarela hacia nuestra reconciliación, pero lo sucedido me hizo creer lo contrario. No insistí. Desconcertado y perplejo ante lo sucedido, me levanté y dirigí mis pasos hacia la barra para pedir un café. Luego volví a la mesa pero, durante el corto trayecto que me separaba hasta donde tú te encontrabas, quise imaginar, aunque sólo fuese por unos segundos, que lo nuestro sí que podría tener arreglo. De modo que, una vez en la mesa con mi taza de café en la mano, decidí entablar una nueva conversación contigo. “¿Nueva conversación?”, me dije. Si en realidad no habíamos hablado de nada todavía.
   En el momento en que me disponía a sentarme pude apreciar algo, muy minúsculo, algo brillante que abandonaba tu rostro y se depositaba, con un suave golpe, sobre la mesa. Aquello me sobrecogió. Era una lágrima.
   –¿Estás llorando? –Te pregunté, un poco azorado.
   –Sí –me contestaste, con un hilo de voz que pareció un susurro.
   Cayeron dos lágrimas más. Yo te ofrecí mi pañuelo. Tú levantaste la vista y me miraste. Aquel examen tuyo me impresionó. Lo que no sabré nunca es qué fue lo que sentí en aquel momento. ¿Miedo o confusión? ¿Lástima o cariño? A pesar de ello no retiré mis ojos de ti. Durante unos instantes que me parecieron siglos, nos miramos los dos. Luego te enjugaste las lágrimas y estableciste tus pupilas sobre la taza de café aún por consumir.
   –¿Quieres que me vaya? –Ignoré de dónde salió tal pregunta. Yo no la quise formular pero, ya era tarde para volverse atrás.
   Levantaste la cabeza muy lentamente y me miraste de nuevo. Pero aquella nueva mirada ya no era la misma de hacía unos momentos. Te pusiste seria, demasiado, diría yo.
   –Sí, por favor –. Tu respuesta, aunque casi inaudible, retumbó muy dentro de mi cabeza.
   En mi interior me dije que aún podría rectificar, que estaba a tiempo de reparar lo que, sin darme cuenta, había estropeado con mi desafortunada actuación, pero no, seguí con lo que ya había comenzado a componer en mi mente, es decir, levantarme y alejarme de allí.
   Cuando me dirigía de nuevo hacia la barra con intención de pagar ambas consumiciones, observé que el camarero, antes de llegar al mostrador, me hacía un extraño ademán con la mano.
   –No se preocupe –me dijo–. Invita la casa.
   Debió de conmoverse de nosotros y no se molestó en cobrarme.
  A pesar de todo, contesté a tal gentileza con un leve asentimiento de cabeza y me alejé hacia la salida. Mientras caminaba, sentí cómo se clavaban dos pares de ojos sobre mi nuca; los del camarero no me preocuparon en absoluto, pero los tuyos me quemaban a flor de piel. A pesar de todo, lo que más me dolía, mujer, era no haber sabido remediar aquel entuerto. Bien sabe Dios que mi sana intención fue la de volverme hacia donde tú te encontrabas, pero no me atreví, y allí te dejé con tu café, tu soledad y… mi pañuelo.

©Helio Díaz Martín (Texto)