9 de abril de 2016

Los espartanos peruanos


Es cruel y fiero este duelo que padezco cual gran doliente y cofrade de plañideras por la tremebunda pérdida de Eufemia, a quien dejé inhumada entre miasmáticos cienos chilenos. Estas tierras allende al Cusco, abonadas y acrecidas por sus botines de guerra a pesar de la magnífica alma peruana y las mágicas energías que alimentaron los espíritus de los gallardos marinos del Huáscar y su feroz cocinero que con un sartenazo le reventó la cabeza al huno Pratt sobre el puente del inmortal Huáscar. Por igual exaltadas por el alma de las tremendas embestidas de los Albarracín y, para mayor coraje, acrecidas por el aguerrido Recavarren ―olímpico soldado por toda la guerra y loado sea―  guerrero simultáneo de las inigualables, bizarras y geniales embestidas del espléndido Cáceres, que parecía volar con sus montoneros por sobre las imponentes sierras para arremeter en todos los lugares impensables contra las protervas manadas de rotos. ¡Cuántos héroes nuestros! Ante la malignidad, demasiados héroes. Los combatientes del Morro, repitiendo las Termópilas ―no por geografía, sino por puros redaños― siguiendo al inmortal Bolognesi.  Ugarte, terrible espartano, y después Leoncio, excelso samurái. Y tantos hombres valientes, como Mariano de los Santos, laureles y palmas, arrebatando una bandera a la bruna agrupación enemiga y que, por sus bélicas acciones, fue premiado con una larga vida de paz y tenido por todos con sumo respeto, mismo Cambronne viviendo en su Nantes. Aun así, resaltemos a los innombrados caídos ―siempre célebres pese al anonimato―  a esos soldados despiadadamente sacrificados y olvidados por el orate ―y no digamos más― de este “Don” Nicolás durmiendo la siesta en plena batalla. Palma injusto con las heroicas huestes peruanas, obligado luego a rectificarse. Lynch quemando Paita y de paso la casa de mi bisabuelo: por eso los germanos aprendieron el estilo del estilista de jardines llamado Atila y gracias a ello Lynch aprovechó las santas enseñanzas del yihad prusianamente cristiano. Por todo ello es que me resulta resignada y cristianamente imperativo soportar el dolor del tránsito, de norte a sur, de Eufemia, especiosa ninfa, mensajera alígera de las huríes amatorias, panal de incontables avispones encelados, cuales pretendientes de Penélope, pero que gracias a su inefable pureza, cual Artemisa, paradójicamente buscando a Acteón, nos permite recordar que el sur creció por gracia de la sangre, que es vida de nuestros héroes y también, por qué negarlo, por la feminidad y feromonas que supieron y saben atraer héroes de toda  bandera y gonfalón.

© Víctor Zar (Texto)
© Juan Lepiani (Pintura)