12 de febrero de 2016

Los hombres no lloran

   El dolor contenido y no llorado se convierte en cinismo pues es el único modo en que la ira surgida como protesta ante lo ineluctable puede lograr expresarse. Es tremendo cómo ello pudo nacer en mi persona. Mi padre muere frente a mí un lunes cuando él tenía cincuenta años, yo tenía diecisiete y entonces la mayoría de edad se cumplía a los veintiuno. Me tocó estar con él hasta que sencillamente le reventó el corazón, pues a pesar de tener el cáncer de páncreas muy avanzado, fue el corazón el que no pudo más. Deambulé toda la noche antes de llamar a la casa, ¿para qué perturbar a mamá y hermanas? 
   Hasta que dieron las siete y llamé, mi mamá sólo preguntó: “¿Ya?”. Ella siempre estuvo al tanto, pero sencillamente me aventó a esa ordalía pues le fue más fácil que asumir su propia responsabilidad conyugal; los médicos ya le habían anunciado que los estertores de la agonía habían empezado, ¿pero de eso qué podía conocer un joven de diecisiete años? Ese “¿Ya?” fue toda una confesión de absoluta irresolución. 
   Me encargué de todo, de trasladarlo a la casa y además negociar con el suboficial de la Aviación la madera y el color del féretro que más podía ”gustar” a la familia: “nogal americano de fino color oscuro” o “hermosa caoba de gran acabado gris”. Fue un martes de hipnosis que comenzó cuando mis hermanas y mi mamá gritaban, como si fuera una obra de García Lorca, al hacer ingresar el cajón con mi padre a la casa y yo me encargaba de ordenar la capilla ardiente. Luego, al intentar acercarse a mi padre –consumido por el cáncer- para verlo por última vez, tapar el ataúd para que guardaran el recuerdo de esa última imagen de su antaña cara gorda y alegre. Las cosas sucedieron rápidamente, evoco que esa noche se quedaron conmigo a dormir, acompañándome junto a la capilla ardiente, mis amigos Mario Bruno y José Antonio. El despertar del día siguiente, miércoles, fue como si todo hubiera sido un sueño, hasta que me encontré frente al ataúd de papá. Todo era cierto y desconsoladamente verdadero. Comenzó entonces la tragedia, pues antes de llevarle a su entierro sus amigos aviadores dispusieron los debidos honores al aviador y al querido amigo que fue,  y la calle se llenó de guardia de honor, banderas, estandartes y banda de sesenta músicos, amén de la gente presente y resultaba sumamente abrumador. Mis tíos maternos –mi padre no contaba ya con familia- estaban presentes, pues todos vinieron inmediatamente desde Piura, y sobre todo mi abuelo Carlos. Todo fue soportable hasta el momento de retirar el féretro de la casa y cargarlo bastantes metros hasta la carroza fúnebre; por ser el único hijo varón me correspondió cargar adelante en el lado derecho, pero al dar el primer paso la banda militar comenzó a tocar "La marcha fúnebre" y dentro de mí fue el naufragio del alma, cada hueso se me hizo polvo. Por deferencia a mi abuelo Carlos me tragué las lágrimas y cargué el ataúd junto a mis tíos, cada uno repartido según la estatura, hasta llegar a la carroza. La música, los respetos rendidos, los estandartes alzados a la par con los honores brindados por las armas de toda esta compañía de impecable marcialidad, fue un devastador y larguísimo acto en mi espíritu de diecisiete años, pero no lloré y cumplí mi función. 
   Cuando todo culminó, subí a una escalera para escribir sobre el cemento fresco su nombre y las fechas de nacimiento y tránsito. Después de almorzar con José Antonio regresé a mi casa y mi abuelo ya se iba. Como esos hombres bravos que doman caballos y dominan los ríos, tal como fue conocido en su vida, para quien dar un beso a un nieto o un abrazo era signo de debilidad, sencillamente se me acercó, puso un billete en el bolsillo superior de mi saco –los Ginocchio siempre nos hemos destacado por felicitarnos, mostrar nuestro amor o cariño de esa forma- y me dijo: “Víctor, te felicito. Te has portado como un hombre”. Recibir ese halago de mi admirado abuelo fue todo un premio y lo entendí, había manejado todo con ecuanimidad, había mantenido el orden en mi familia y no había llorado. 
   Pero lo peor fue la música. No me refiero a la banda con sus espeluznantes notas, tampoco al instante en que el ataúd ocupó el nicho mientras un avionero inició un solo de corneta, tocando muy mal “El Silencio”, hasta el punto de llegar a herir por su mala interpretación, al fin de cuentas era música. Me refiero al momento, hace más de tres años, en que volví a repetir el rito de cargar el ataúd de mi madre, a la derecha, hasta el lugar de su descanso final, y esta vez no hubo música; todo fue silencio mientras me preguntaba: ¿dónde está la música? No la hubo, únicamente corrió un aire de absoluto mutismo, interrumpido por los rezos de los dolientes y comprendí lo importante que puede ser la música en medio de la muerte, especialmente a los hombres, pues nos sume en nuestros pensamientos y nos acalla el llanto.

© Víctor Zar Ginocchio (Texto)
© Roberto Corralo (Foto)