28 de febrero de 2016

En todas partes cuecen habas


Su nombre era Catalina, y le decíamos… Catana.
Una hermana de mi abuelo, que tenía sus buenos cuartos,
una rubia buena moza, con cincuenta y cuatro años,
se había quedado soltera, es decir… vestir santos.
Y apareció este chaval, con sus veintitantos años,
español, para más señas, recién llegado de España,
el que llevaba la leche y el pan todas las mañanas
a la puerta de su casa, como hace años se usaba,
y entre requiebros y el pan y la leche “bien templada”,
le propuso matrimonio a la hermana de mi abuelo,
la que llamaban… Catana.
Esta historia sucedió, allá en el siglo pasado,
a mediados del cincuenta, en tierras venezolanas,
y mi entonces bisabuela al mirar tanta pasión
de su hija Catalina, la que llamaban… Catana,
por el joven español, recién llegado de España,
puso al cielo al rojo vivo, con encendidas palabras.
Tuvo que llegar mi abuelo, para calmar a la dama
y traer la paz a casa, con unas sabias palabras:
Pero madre, no se altere, si es que soltera es Catana,
y tiene sus buenos cuartos para cargar al muchacho
y darle su desayuno, con su chocolate en taza.
Y colorín colorado, esa gente se casó,
y aunque es una cosa extraña, esa unión duró y duró
sus casi cuarenta años hasta que murió… Catana.
¿Y por qué les cuento ahora esta historia tan lejana?
Porque he mirado hace un tiempo a una novia muy galana,
que en el Palacio de Dueñas y con su joven marido
bailaba por sevillanas…
Y sin querer comparar una historia con la otra,
esa novia tan mayor que se llama Cayetana,
me ha llevado a recordar la historia del español
con la hermana del abuelo, la que llamaban… Catana.

© Marta Barbarito Penzini (Texto)