5 de julio de 2015

El surrealismo de Don Cálamo


   Don Cálamo de la Péñola era un gran literato y un mejor escritor pese a que nadie había leído ninguna de sus obras pues nunca había escrito y todo se debía al ominoso sentimiento que lo había acompañado desde que nació de una humorada de sobremesa, cuando su abuelo modificó el cuento de la Bella Durmiente narrando que ella, al recibir el beso del Príncipe Azul, al decir la primera palabra, su halitosis lo desapareció y ella acabó viviendo solitariamente acosada por inacabables insomnios. Fue la desaparición del príncipe grabada en su mente, que desde entonces no lo abandonó. Años después, hurgando en la historia, leyó una carta de un soldado dirigida a sus familiares, luego de la batalla, contando un terrible acontecimiento que ambos bandos enemigos habían callado en sus partes de guerra, como lo silenciaron todos los que pelearon; únicamente quien escribió aquella carta faltó al honor de su palabra. De hecho, muchos corearon patrióticamente a la bizarra compañía de caballería cuando ésta inició la acometida contra el enemigo, y en tanto la carga comenzó al trote, todos, pero todos instantáneamente, sólo vieron a los caballos arremetiendo ya al galope y ser los únicos que llegaron al zona rival, para después ser sujetados y arreados, sin montadores, a las cuadras, quedando congelados en el aire los gritos patrióticos de quienes los vieron arrojarse hacia el frente. Todos los jinetes, ante los ojos desorbitados de sus camaradas, desaparecieron súbitamente durante el ataque y luego ni allende del campo de batalla encontraron sus cuerpos y sus armas. Quizás, mascullaba Don Cálamo, la lejanía de la época hacía demasiado fantástico el  acontecimiento, pero su espíritu curioso le llevó por rumbos desconocidos y con el tiempo fue descubriendo que no se trató de un suceso aislado. La naturaleza se le presentó en toda su inmensidad efímera o efímera inmensidad ―le daba lo mismo― antes que el devenir de la naturaleza ya hiciera efímeros a los hombres. Supo que en tiempo de revistas y periódicos, sin radio ni televisión, en una corrida de toros, el primer ejemplar de gran cornamenta, ante el cite del torero, embistió al cite de su capote y ya tocando con los pitones el percal rosado, el uro sencillamente se evaporó tal cual como si fuera absorbido por la tela sin continuar la trayectoria de su acometida, y la histeria en los tendidos llegó al paroxismo cuando se vio que el torero, al acercar pasmado el capote a su rostro, también se evanesció para dejar la tela caída sobre la arena. Por supuesto que revistas y periódicos callaron y el público asistente se guardó lo vivido por no pasar por orate. Luego ocurrió lo del circo en cierta ciudad, cuando un afamado domador de felinos puso su cabeza entre las mandíbulas de un león. Cuando el félido cerró sus fauces, simplemente no existió el domador, tampoco quedó su atuendo y menos quedaron rastros de sangre entre los colmillos, pelaje y bigotes de la bestia, ni sobre la arena del encierro de rejas. Don Cálamo rememoró lo de aquel perro bien amaestrado al que su entrenador ordenó saltar a través de un aro orlado de fuego; el perro saltó y atravesándolo nunca salió por el otro lado. Esto ya no era coincidencia para Don Cálamo y menos creyó en ellas cuando conoció del pianista que, entre la orquesta y su director, se sentó para ejecutar a un gran romántico; puesto el primer dedo sobre la tecla y emitida la primera nota, ninguna música le siguió pues el piano y la butaca aparecieron sin el solista, ahora diluido en la nada. Eran los objetos de la obra que se robaban a sus ejecutores.
   Asimismo se enteró del mago imitador de Houdini que, zambullido y encadenado boca abajo dentro de un acuario de dos metros de profundidad, produjo una sensación de seguirse de largo hacia ignotas profundidades al desaparecer de pronto; del heladero ambulante que hundió el brazo al fondo de su carretilla para extraer un helado y la carretilla quedó abandonada en la calle o del aviador que acomodándose sobre el asiento de la cabina de su avión, dejó a todos los circunstantes estupefactos ante la visión del inmóvil aeroplano huérfano de su piloto. Sumaba de paso el acontecimiento de aquella gran pintora que, apoyando la punta del pincel sobre un lienzo nuevo, desapareció en un santiamén dejando el pincel sobre el suelo. Esto era demasiado, excesivo, espeluznante. Era ser efímero antes de ingresar a ser efímero por causa de la eternidad o, quizás cavilaba Don Cálamo, sucedía que las obras y sus medios ya no soportaban a sus artistas o sus ejecutores. No lo sabía y tampoco osaba u osaría quería o querría averiguarlo. Por ello nunca quiso escribir toda la genial fantasía que nacía de su creativo espíritu artístico. Presentía que el Coyote jamás alcanzaría al Correcaminos por no querer desaparecer apenas diera la primera tarascada. No obstante, continuaban llegando a sus oídos y saber, por rumores y sus peculiares lecturas, que los hechos se sucedían acá y allá. El ejecutivo que abrió la puerta para ingresar al salón de reuniones y nunca entró, quedando su personal esperándolo y esperándolo; la quinceañera que al soplar las velas de la torta dejó a los invitados sin agasajada; el calvo que no más puesto el bisoñé, únicamente abandonó el peluquín sobre el suelo como su único recuerdo, o la aficionada a la canaricultura que abrió la puerta de la gran jaula para depositar el comedero de alpiste y sólo llegó a dejar una puerta abierta para que la bandada volara al azul. Por ende, don Cálamo decidió que jamás apoyaría las yemas de su dedos sobre el teclado de una computadora para crear su eterna e ínclita gran obra, decidido a ser el siempre gran escritor desconocido y proseguir el camino que la naturaleza le marcó; y no ser lo fugaz antes de ser efímero para siempre. Empero, pasó el tiempo hasta que un día, cuando don Cálamo llevado por colosal alma artística ―diciéndose que todo lo que había conocido era franca superchería―, se sentó frente a su computadora, presionó la primera tecla y entonces fue, efímero fue.

© Víctor Zar (Texto)
© Conchita (Foto)