9 de septiembre de 2014

Notas encriptadas


Y él le escribió a ella:
Aquí de nuevo contigo para compartir este ratito, el único que nos ha quedado en nuestra vertiginosa vida, vertiginosa con retranca, que conste.
Estoy como creo que estás tú, y digo creo porque no te veo la cara, ni los ojos, no aprecio el gesto de tu boca, tan solo siento las pulsaciones que has dado al teclado del ordenador, las que le das cada día, descompasadas y con grandes intervalos. Y sin entrar en polémica, leo al recortado obispo pasar por aquí, bajo palio, sin recrearse en lo mucho que me podía decir y que sin embargo no fluye, un eclesiástico dando ciento y una excusas sobre su limitado tiempo, sus ojos enrojecidos, sus múltiples visitas...
Qué lejos quedan los tiempos en que la mañana o la madrugada, según el caso, eran de alegría ante la nota que esperaba latente; era un momento en que las letras brotaban impetuosas, los versos derramaban su ingenuidad en la pantalla, los ojos se abrían de admiración al descubrir la belleza o el ingenio de las recientes creaciones. Y las sonrisas imborrables, esas sonrisas plenas de orgullo y cariño a ambos lados del ciberespacio.
El tiempo y las circunstancias han pasado sobre nosotros y parece que su peso excede a la real liviandad. ¿Volverán los oscuros arzobispos a ser largos, llenos de contenido y por qué no, pesados? No lo sé, me gustaría pensar que sí y por eso prosigo en el empeño de que todo tiene solución en esta vida..., menos lo que ya sabemos.